Los días subsiguientes

Todo se convierte en rutina. Llegar entre 8 y 8.30 am para desayunar juntos, compartir el día leyendo los periódicos, caminando en el campamento -algo de ejercicio hay que hacer para que el cuerpo no se resienta-, y sobre todo conversando. Cuando se está privado de libertad se depende más de otra persona para poder hacer las cosas que normalmente haría uno solo. Contar con alguien se valora y se aprecia, sin duda. Cada día tomaba nota de las cosas que necesitaba para no olvidarlas y darle seguimiento al salir.

Los siguientes días así transcurrieron, sin mayores sobresaltos, bastante planos en general. Lo que animó mucho a Juan Alberto fueron las visitas de las y los amigos: Sindy, Ricardo, Irmalicia, Anabella, Irina y Otto, Bernardo, Carlos Sarti, Ileana, Edelberto y Ana María, Carlos Mendoza, Rubén, Carlos Ramiro, Crista, Sheny, Carmen, Samuel, Michele, y por supuesto de la familia. Uno se siente acompañado y querido. Es justamente en estos momentos, en los más difíciles, cuando se pone a prueba la amistad.

“Hablo del intelectual de cepa y del comprometido por vocación. Quien con su entrega y visión colectiva, ha soñado con los cambios sustantivos que nuestro país necesita. Su capacidad para hacerle frente a múltiples situaciones complejas con ética, templanza y madurez han forjado en él ese liderazgo que lo caracteriza”. Anabella Giracca

El MZ (así le decimos a Mariscal Zavala) también trajo amigos. Julio Suarez y su esposa Angélica fueron todo un descubrimiento. Generosos, solidarios, siempre dispuestos a colaborar y a orientarnos en un mundo nuevo para nosotros. Allí también me encontré con Ariel Camargo y con Alvaro Maldonado, a quienes conocí en Bancafe, durante mi paso por el banco en 2003. Yo tenía a mi cargo la gerencia de comunicación interna y le reportaba a la Directora de Mercadeo.

Hay de todo en ese lugar pero el común denominador es que la mayoría está en prisión preventiva desde hace ya mucho tiempo. Esperando la fase intermedia y algunos el juicio propiamente, buena parte de ellos está cumpliendo con una condena anticipada de dos, tres y hasta seis años.

“El uso excesivo o abusivo de la prisión preventiva constituye uno de los signos más evidentes del fracaso del sistema de administración de justicia, y una situación inadmisible en una sociedad democrática. 
Los órganos del Sistema Interamericano se han pronunciado en el sentido de que la privación de libertad de la persona imputada no puede residir en fines preventivo-generales o preventivo-especiales atribuibles a la pena, sino que sólo se puede fundamentar […] en un fin legítimo, a saber: asegurar que el acusado no impedirá el desarrollo del procedimiento ni eludirá la acción de la justicia. La prisión preventiva no puede constituir una pena anticipada…” Comisión Interamericana de Derechos Humanos

El día después

14 de febrero, día del amor y de la amistad. Para mí era el día después. Había comenzado un episodio muy difícil en nuestra vida, el más triste y el más doloroso.
Había pedido a mi amiga Ana que me acompañara. No quería ir sola, necesitaba compañía y apoyo.  Llevaba algunas cosas más que iba a necesitar: sábanas, un edredón, ropa y algo de comer. No estaba muy segura si llevaba todo lo necesario pero sabía que allí comenzaría a entender la dinámica, lo que es necesario y lo que no.
Llegamos temprano ese miércoles y lo encontramos acompañado. Sindy y Ricardo se habían adelantado y habían llegado antes. Me alegro porque en esos momentos lo que se necesita más es la compañía y el afecto de los amigos.
Ana se quedó un buen rato pero tuvo que irse más tarde. Yo me quedé hasta un poco después de la hora en que termina la visita. Estando allí me informé que los días de visita son los miércoles, jueves, sábado y domingo de 8 am a 4 pm y que entre 12 am y 1 pm los guardias almuerzan, así que durante esa hora no se puede salir ni entrar del lugar. También me enteré que no se pueden ingresar celulares y que es preciso llegar con DPI para que te dejen entrar.
El lugar es un verdadero campamento de refugiados. Tiene capacidad para unas 120 personas y hay poco más de 250. El hacinamiento es evidente. Todo tiene propietario. En el área donde funciona el comedor, hay unas 20 mesas -quizás más- con sus respectivas sillas, y todas pertenecen a alguien. Hay gente que tiene dos, tres y hasta seis años de estar allí esperando un juicio. Algunos ni siquiera han llegado a la etapa intermedia.
Juan Alberto fue ubicado en una de las habitaciones conyugales. La compartió con el doctor Celso Cerezo, el ex Ministro de Salud. Los días de visita debían abandonarla a las 7 de la mañana y no podían entrar sino hasta después de las 4 de la tarde, cuando la visita había terminado. Se convertían en errantes peregrinos, en busca de un lugar donde acomodarse, el que estuviera disponible. Lunes, martes y viernes eran los días de vacación, los días en que podían permanecer en la habitación más tiempo en la mañana y ocuparla cuando quisieran durante el día.
Allí conocí a Julio Suarez y a su esposa Angélica. Casi tres años en ese lugar los ha hecho expertos y conocedores de cómo funciona todo dentro. Sus consejos me ayudaron mucho pero lo que más valoro es su amistad y cariño. ¡Qué gente más maravillosa! Generosos y dispuestos siempre a ayudarte. Me reconfortó saber que Juan Alberto fue bien recibido y cobijado por alguien como Julio, un buen amigo.  Él está allí por el caso IGSS-Pisa, en un proceso que ha sido cuesta arriba, lento, como si el tiempo no valiese nada, como si no importara para quien está allí adentro.
Cuando salí de Mariscal Zavala lloré sin parar. “Él no se merece esto” me decía una y otra vez, un hombre tan íntegro, tan bueno, tan comprometido con Guatemala.

Presentación de cargos

Apenas comenzaba el día. ¡Cómo olvidar ese martes 13!
Eran quizás las 7:30 cuando llamé a Rodrigo, el hijo menor de Juan Alberto. Las cosas que tiene la vida. Años de no cruzar palabra y ahora era inevitable. Tan difícil para mí fue darle la noticia como para él recibirla. Imagino la angustia y la impotencia estando tan lejos. Alberto se enteró un poco más tarde de lo ocurrido al igual que Ana Lucía.
Preparé una mudada y algunas cosas de uso personal y las coloqué en una pequeña maleta. Me hijo Paolo me llevó a la Torre de Tribunales. Allí me encontré más tarde con el abogado. No me dejaron entrar la maleta así que él me hizo el favor de guardarla en su carro.
Subimos los dos al tercer nivel, al juzgado undécimo y allí me encontré unos minutos después a Ana de Molina y a su familia. Me impresionó mucho verla esposada. Toda una dama como siempre, guardando la compostura, tratando de mantenerse firme y muy serena. Llegó Juan Alberto con el custodia a su cargo. Nos dimos un beso y un abrazo. Él indudablemente estaba muy golpeado. ¿Cómo no estarlo? En cuestión de minutos su reputación, ganada a fuerza de esfuerzo y trabajo duro, estaba en entredicho.

“,,,quienes conocemos a personas de la talla de Juan Alberto Fuentes y otras personas como Ana de Molina y Luis Ferraté estamos seguros que tendrán la posibilidad de demostrar su inocencia. No obstante lo vergonzoso, molesto y humillante que pueda resultar ser detenido provisionalmente y estar expuesto ante la opinión pública por la presunta comisión de hechos o de alguna falta que sin propósito directo se haya realizado, va mi solidaridad a Juan Alberto Fuentes en un momento complejo de su vida y que esperamos logre solventar de tal manera que su nombre recupere el valor que durante años ha construido”. Bienvenido Argueta

Llevaba las esposas atrás y eso le molestaba mucho. Afortunadamente logramos que se las pusieran con los brazos delante, es menos incómodo y menos doloroso. Allí estaban los dos amigos, sentados uno al lado del otro, compartiendo ahora este terrible y doloroso episodio.
Subimos al piso 14, a la sala donde sería la audiencia en la que el Ministerio Público y la CICIG presentaría los cargos.  Los representantes de ambas instituciones no estaban allí aún, así que el Juez decidió iniciar con la presentación de cada uno de los imputados. A cada uno preguntó su nombre y apellido, estado civil, edad, ocupación, promedio de ingresos, entre otras cosas. Agradezco que mi amiga Ligia estaba conmigo ese día. Había mucha prensa, nacional e internacional, todos buscando el mejor ángulo. ¿La verdad? eso no lo sé. Soy periodista y debo reconocer que a veces lo que menos importa a los medios es la verdad, lo único que parece importar es que la noticia venda y mientras más escandalosa más vende.
¡Todo un gabinete y el ex Presidente Colom! ¿Era necesario necesario esto? ¿Por qué el espectáculo? ¿Con qué objeto? Estoy segura que todos hubieran acudido si los hubieran citado a declarar. Juan Alberto lo había hecho hacía más de un año, voluntariamente, sin que nadie se lo solicitara y entregó toda la información con que contaba, mostrando así su buena disposición a colaborar con la investigación que él sabía estaba en marcha. Nada de eso sirvió. Allí estaba, esposado, rodeado de hombres de negro fuertemente armados.
El juez informó que la audiencia de primera declaración sería el viernes 23 de febrero, 10 días después, y que mientras tanto deberían permanecer en la cárcel Mariscal Zavala. El abogado me dijo que más tarde él le llevaría la pequeña maleta que yo había preparado y que hablaría con él, que no me preocupara, que me fuera a casa a descansar. A partir de ese día todo cambió.
¿Descansar? todavía faltaba la conferencia de prensa anunciada por el MP y CICIG. Mientras él y los demás miembros del gabinete permanecían esposados en la carceleta ubicada en el sótano de Torre de Tribunales, daba inicio la conferencia de prensa. Lo que escuché fue infame. En cosa de minutos destruyeron su reputación, su trayectoria y no les importó. No fue solo una puesta al día de lo acontecido ese día y de las razones que los habían llevado a ordenar el arresto, fue un juicio y una condena pública. Y con esas “evidencias contundentes” no solo lo condenaron ellos sino también el público.
Duele Guatemala, duele mucho, duele tanto. En el 79 asesinaron a su padre, a Alberto Fuentes Mohr, y casi 40 años después intentan hacer lo mismo con su hijo.

La captura

Eran las seis de la mañana cuando sonó el timbre de la casa. Apenas alcancé a escucharlo. Sabía que algo no andaba bien porque normalmente cuando alguien nos visita llaman primero para informarnos. Esta vez no fue así. Me levanté agitada y caminé hacia el ventanal que está en la habitación donde mi esposo tiene su estudio.  Me asomé y era lo que temía: dos patrullas de la policía y un auto más en el que imagino venían la fiscal y el delegado de la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad).
Abrí la ventana y les dije que me dieran unos minutos, que les abriría enseguida. Volví a nuestra habitación y desperté a Juan Alberto. En lo único en que pensaba en ese momento era que él tuviera el tiempo suficiente para bañarse y vestirse apropiadamente. “Juan Alberto, es la policía…”, le dije.  Sabía que esa expresión de mi abuelo “como te veo te trato” llevaba algo de razón. Mientras él se bañaba llamé al abogado para informarle lo que estaba ocurriendo, también a Samuel para que echara a andar la estrategia que habíamos ya previsto con antelación en caso algo así ocurría. No pude hablar con Samuel pero recuerdo que dejé un mensaje de voz. Volvieron a tocar, con más insistencia y un tanto impacientes. Sabía que no podía demorar mucho más.
Antes de bajar desperté a Paolo.  Doce minutos después de las seis abrí la puerta.  Me saludó una señora con una voz suave y hasta me pareció apenada: “buenos días señora, venimos con una orden de allanamiento”. Junto con ella entraron los policías y un hombre que se mantuvo un tanto al margen, más en calidad de observador, imagino que era el representante de CICIG.  La fiscal pidió nuestros documentos de identificación, nos indicó que a partir de ese momento no podíamos utilizar los celulares y nos dijo que debíamos permanecer en la sala mientras terminaban la diligencia.
A pesar de las circunstancias, estaba bastante serena. Frente a lo inevitable, ¿qué otra cosa se puede hacer? ¿de qué sirve echarse a llorar y perder la compostura? Ocho policías vestidos de negro, fuertemente armados y con el rostro cubierto estaban dentro de la casa, todos de la policía anti-narcóticos. ¿Tienen armas en la casa? ¿Cuántas personas habitan la vivienda? preguntó uno de ellos. La fiscal me indicó que los policías harían un recorrido por toda la casa y me pidió que los acompañara.  Paolo y Juan Alberto se quedaron en la sala. Hicimos ese recorrido bastante rápido, no se bien con que objeto porque en realidad poco se detuvieron en cada una de las habitaciones. Estando en nuestra habitación uno de los policías me pidió permiso para usar el baño, algo que en ese momento me pareció fuera de lugar. No solo irrumpen en tu casa y en tus espacios más íntimos sino también invaden tu vida.
Ya en el primer piso, la fiscal llenó un memorial con la información que le proporcionaron los policía, lo leyó y nos pidió que lo firmáramos. Luego vino la lectura de la orden de aprehensión, que resultó algo tropezada porque el policía que la leyó no podía articular bien las palabras, leía con mucha dificultad. Los cargos: fraude y peculado. El policía sacó las esposas y estando ya en el garage, le pidió a Juan Alberto que se volteara, que colocara los brazos hacia atrás y lo esposó. Se lo llevaron.
Estaba por cerrar la puerta cuando el hombre de la CICIG, que había guardado silencio todo ese tiempo, me dijo “siento mucho todo esto señora”.

“La forma en que Juan Alberto y otros fueron conducidos por el Ministerio de Gobernación a comparecer ante la justicia me hizo revivir momentos oscuros de la represión. Su conducción me pareció una afrenta a su dignidad y trayectoria, especialmente cuando el MP ha permitido a otros indiciados a comparecer ante el juzgado para resolver su situación jurídica. Juan Alberto, después de todo, ya había prestado varias declaraciones voluntarias al MP, informaba escrupulosamente de sus salidas del país y no representaba una amenaza pública. La imagen indeleble de personas de gran trayectoria como el Dr. Luis Ferraté, el expresidente Álvaro Colom y del propio Juan Alberto entre otros, rodeados de un círculo amenazante de hombres vestidos de negro portando fusiles de asalto sin un juez a la vista me obligó a preguntarme: ¿hace esto parte de la justicia que tanto hemos anhelado?”  Hugo Beteta