La captura

Eran las seis de la mañana cuando sonó el timbre de la casa. Apenas alcancé a escucharlo. Sabía que algo no andaba bien porque normalmente cuando alguien nos visita llaman primero para informarnos. Esta vez no fue así. Me levanté agitada y caminé hacia el ventanal que está en la habitación donde mi esposo tiene su estudio.  Me asomé y era lo que temía: dos patrullas de la policía y un auto más en el que imagino venían la fiscal y el delegado de la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad).
Abrí la ventana y les dije que me dieran unos minutos, que les abriría enseguida. Volví a nuestra habitación y desperté a Juan Alberto. En lo único en que pensaba en ese momento era que él tuviera el tiempo suficiente para bañarse y vestirse apropiadamente. “Juan Alberto, es la policía…”, le dije.  Sabía que esa expresión de mi abuelo “como te veo te trato” llevaba algo de razón. Mientras él se bañaba llamé al abogado para informarle lo que estaba ocurriendo, también a Samuel para que echara a andar la estrategia que habíamos ya previsto con antelación en caso algo así ocurría. No pude hablar con Samuel pero recuerdo que dejé un mensaje de voz. Volvieron a tocar, con más insistencia y un tanto impacientes. Sabía que no podía demorar mucho más.
Antes de bajar desperté a Paolo.  Doce minutos después de las seis abrí la puerta.  Me saludó una señora con una voz suave y hasta me pareció apenada: “buenos días señora, venimos con una orden de allanamiento”. Junto con ella entraron los policías y un hombre que se mantuvo un tanto al margen, más en calidad de observador, imagino que era el representante de CICIG.  La fiscal pidió nuestros documentos de identificación, nos indicó que a partir de ese momento no podíamos utilizar los celulares y nos dijo que debíamos permanecer en la sala mientras terminaban la diligencia.
A pesar de las circunstancias, estaba bastante serena. Frente a lo inevitable, ¿qué otra cosa se puede hacer? ¿de qué sirve echarse a llorar y perder la compostura? Ocho policías vestidos de negro, fuertemente armados y con el rostro cubierto estaban dentro de la casa, todos de la policía anti-narcóticos. ¿Tienen armas en la casa? ¿Cuántas personas habitan la vivienda? preguntó uno de ellos. La fiscal me indicó que los policías harían un recorrido por toda la casa y me pidió que los acompañara.  Paolo y Juan Alberto se quedaron en la sala. Hicimos ese recorrido bastante rápido, no se bien con que objeto porque en realidad poco se detuvieron en cada una de las habitaciones. Estando en nuestra habitación uno de los policías me pidió permiso para usar el baño, algo que en ese momento me pareció fuera de lugar. No solo irrumpen en tu casa y en tus espacios más íntimos sino también invaden tu vida.
Ya en el primer piso, la fiscal llenó un memorial con la información que le proporcionaron los policía, lo leyó y nos pidió que lo firmáramos. Luego vino la lectura de la orden de aprehensión, que resultó algo tropezada porque el policía que la leyó no podía articular bien las palabras, leía con mucha dificultad. Los cargos: fraude y peculado. El policía sacó las esposas y estando ya en el garage, le pidió a Juan Alberto que se volteara, que colocara los brazos hacia atrás y lo esposó. Se lo llevaron.
Estaba por cerrar la puerta cuando el hombre de la CICIG, que había guardado silencio todo ese tiempo, me dijo “siento mucho todo esto señora”.

“La forma en que Juan Alberto y otros fueron conducidos por el Ministerio de Gobernación a comparecer ante la justicia me hizo revivir momentos oscuros de la represión. Su conducción me pareció una afrenta a su dignidad y trayectoria, especialmente cuando el MP ha permitido a otros indiciados a comparecer ante el juzgado para resolver su situación jurídica. Juan Alberto, después de todo, ya había prestado varias declaraciones voluntarias al MP, informaba escrupulosamente de sus salidas del país y no representaba una amenaza pública. La imagen indeleble de personas de gran trayectoria como el Dr. Luis Ferraté, el expresidente Álvaro Colom y del propio Juan Alberto entre otros, rodeados de un círculo amenazante de hombres vestidos de negro portando fusiles de asalto sin un juez a la vista me obligó a preguntarme: ¿hace esto parte de la justicia que tanto hemos anhelado?”  Hugo Beteta

Publicado por Mi voz

Con la frente en alto y la dignidad intacta

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