El día después

14 de febrero, día del amor y de la amistad. Para mí era el día después. Había comenzado un episodio muy difícil en nuestra vida, el más triste y el más doloroso.
Había pedido a mi amiga Ana que me acompañara. No quería ir sola, necesitaba compañía y apoyo.  Llevaba algunas cosas más que iba a necesitar: sábanas, un edredón, ropa y algo de comer. No estaba muy segura si llevaba todo lo necesario pero sabía que allí comenzaría a entender la dinámica, lo que es necesario y lo que no.
Llegamos temprano ese miércoles y lo encontramos acompañado. Sindy y Ricardo se habían adelantado y habían llegado antes. Me alegro porque en esos momentos lo que se necesita más es la compañía y el afecto de los amigos.
Ana se quedó un buen rato pero tuvo que irse más tarde. Yo me quedé hasta un poco después de la hora en que termina la visita. Estando allí me informé que los días de visita son los miércoles, jueves, sábado y domingo de 8 am a 4 pm y que entre 12 am y 1 pm los guardias almuerzan, así que durante esa hora no se puede salir ni entrar del lugar. También me enteré que no se pueden ingresar celulares y que es preciso llegar con DPI para que te dejen entrar.
El lugar es un verdadero campamento de refugiados. Tiene capacidad para unas 120 personas y hay poco más de 250. El hacinamiento es evidente. Todo tiene propietario. En el área donde funciona el comedor, hay unas 20 mesas -quizás más- con sus respectivas sillas, y todas pertenecen a alguien. Hay gente que tiene dos, tres y hasta seis años de estar allí esperando un juicio. Algunos ni siquiera han llegado a la etapa intermedia.
Juan Alberto fue ubicado en una de las habitaciones conyugales. La compartió con el doctor Celso Cerezo, el ex Ministro de Salud. Los días de visita debían abandonarla a las 7 de la mañana y no podían entrar sino hasta después de las 4 de la tarde, cuando la visita había terminado. Se convertían en errantes peregrinos, en busca de un lugar donde acomodarse, el que estuviera disponible. Lunes, martes y viernes eran los días de vacación, los días en que podían permanecer en la habitación más tiempo en la mañana y ocuparla cuando quisieran durante el día.
Allí conocí a Julio Suarez y a su esposa Angélica. Casi tres años en ese lugar los ha hecho expertos y conocedores de cómo funciona todo dentro. Sus consejos me ayudaron mucho pero lo que más valoro es su amistad y cariño. ¡Qué gente más maravillosa! Generosos y dispuestos siempre a ayudarte. Me reconfortó saber que Juan Alberto fue bien recibido y cobijado por alguien como Julio, un buen amigo.  Él está allí por el caso IGSS-Pisa, en un proceso que ha sido cuesta arriba, lento, como si el tiempo no valiese nada, como si no importara para quien está allí adentro.
Cuando salí de Mariscal Zavala lloré sin parar. “Él no se merece esto” me decía una y otra vez, un hombre tan íntegro, tan bueno, tan comprometido con Guatemala.

Publicado por Mi voz

Con la frente en alto y la dignidad intacta

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